Sobre como “los pobres” malgastan el dinero

// por Albert Sales  //

La forma en que familiares, vecinos y vecinas gastan el dinero es un tema habitual de cotilleo. Más aún si la persona objeto de observación y comentarios vive situaciones de escasez o se queja de llegar apurada a final de mes. Si abrimos el foco, las personas en situación de pobreza son sospechosas habituales de estar gastando el dinero inapropiadamente. Ya sea porque reciben dinero público a través de subsidios o prestaciones, ya sea porque pensamos que en su lugar nos administraríamos mejor, nos vemos capaces de juzgar a personas y familias que han caído en ese “fracaso” social que llamamos pobreza. Se nos ocurre que vivirían mejor si no gastaran tanto dinero en comida basura y compraran productos menos elaborados y los cocinaran… total, tienen todo el tiempo del mundo, no deben tener empleo… Pensamos que no priorizan correctamente las necesidades básicas… ¿qué hay más importante que comer y tener un techo? Creemos que quizá es su forma absurda de malgastar el dinero lo que les ha llevado a la situación en la que se encuentran. Pero no nos planteamos que, en nuestra sociedad de hiperconsumo,  la forma de gastar el dinero suele ser resultado de la situación.

BANKSY-beggar-m-700x700La familia de lhram, Fátima y Jouda, todavía debe a la escuela la cuota anual de la mayor. Se trata de una escuela pública en la que se pagan sesenta euros anuales con los que se cubren materiales y salidas. A los padres de lham, Fátima y Jouda, se les han dado todas las facilidades para que paguen poco a poco y, lo más probable, es que acaben de saldar la deuda antes de irse de vacaciones. Las maestras tienen información fragmentada de la situación que se vive en casa estas niñas. Saben que acuden a Cruz Roja a recoger un lote semanal de comida del Banco de Alimentos porque la pequeña ha contado que hay unas señoras que les dan galletas y leche; observan que, con frecuencia, las niñas se duermen o se muestran muy cansadas; han detectado que no suelen llevar desayuno a la escuela y que en las salidas y excursiones llevan una barra de pan con “poca cosa” dentro… Sin duda, su situación económica es crítica, però la niñas acuden a clase con normalidad y puntualidad y siempre limpias y aseadas. Ha sido después del doceavo cumpleaños de Ihram que la familia ha sido tema de conversación en la sala de profesorado: “¿Cómo le han regalado un móvil a la niña si no tienen ni para comer?”,  “Además, tendrán que pagar las mensualidades porque tendrá internet para poder hablar por whatsapp”, “¿Todavía deben sesenta euros al colegio y se los gastan en un teléfono?”

A Manel lo conocí en un comedor social. Lleva cinco años recibiendo apoyo en el Centro de Servicios Sociales de su barrio. Intentó, sin éxito, encontrar empleo tras cerrar la empresa donde llevaba 24 años de contable. Tras agotar la prestación por desempleo empezó a encadenar diferentes ayudas económicas, a cual de ellas más miserable. Cuando se vió sin ahorros e ingresando poco más de cuatrocientos euros mensuales acudió a los servicios sociales. Sin ningún rencor comenta que su referente, Manel no la llama “asistenta” como tantas otras personas atendidas, ha insistido en que hiciera cursos de reciclaje y le ha intentado ayudar a encontrar trabajo. No ha habido forma. ¿Quién va a contratar a un contable de la vieja escuela? De ordenadores sabe lo justo (muy, muy justo) y, según él, su edad y su físico no ayudan. Manel tiene una afección en la piel que resulta bastante visible. Dice que el único tratamiento es la hidratación con cremitas que no puede (y que no quiere) comprar. Tras una larga conversación me detalla sus cuentas mensuales: “Mira, cobro 427 euros. Con el comedor me ahorro los almuerzos pero tengo que desayunar y cenar. La habitación me cuesta 180. Le paso 100 a mi hijo que vive con su madre. Y lo que me queda para echar un polvo al mes… que con esta cara es imposible follar gratis”.

Jorge duerme en un cajero. Vino de Bulgaria hace 12 años y estuvo trabajando en la construcción. Se ganaba bien la vida y mandaba dinero suficiente a su madre para que pudiera tener una vejez digna. Cuando la construcción empezó a ir mal hizo tres temporadas de recogida de fruta en una explotación de Lleida pero el verano pasado ya no le llamaron. El pagès que le contrataba le contó que, tal como iban las cosas, contrataría jóvenes del pueblo, que ahora no encuentran nada más y la familia pasa delante de los extranjeros por buena gente que sean. Hasta hace seis meses se cobijaba en un edificio que se quedó a medio construir pero le echaron. Ahora, durante el día está en un parque con otras personas sin techo o en una esquina del Barrio Gótico vendiendo ceniceros que hace con latas de cerveza y de refresco vacías. Afirma que se saca unos 20 euros cada día. Más todavía en temporada alta de turismo. Y está muy orgulloso de no deberle nada a nadie a pesar de su situación. Dice que él no es ningún aprovechado y que hace lo que haga falta para ganarse la vida honradamente. Aunque igual con los 20 euros diarios podría pagarse una habitación prefiere dormir en el cajero o en la calle. Tiene las cuentas clarísimas: “5 euros para comida, 5 euros para tabaco y vino, y 10 euros para mi madre. Si no le envío dinero, mi madre acabará como yo pero con 30 años más encima y en Sofia. Ni hablar”. ¿Y el tabaco y el vino? “Ay amigo, sin fumar ni beber ¿de dónde saco fuerzas para levantarme?”

Las personas que viven situaciones de pobreza están rodeadas de los mismos mensajes que las que no las viven. La línea entre formar parte de la sociedad o no, la fija el consumo. Para la família de Ihram, comprarle un teléfono móvil a su hija en su doceavo cumpleaños es una prioridad. Después de verse obligados a decir que no tantas y tantas veces no pueden privar a su hija mayor del regalo que han recibido todas sus amigas al cumplir los doce. Ya verán de dónde sacan el dinero para acabar de pagar las anualidades a la escuela. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces han perdido sus míseros ahorros por un imprevisto?

Cuando la pobreza conlleva perder la capacidad de elección, cuando no se puede elegir qué comer o qué ropa ponerse, cuando no hay proyectos a medio plazo ni esperanza en que la situación cambie los pequeños “lujos” se convierten en necesidades para mantener la cordura. No se hacen planes. Se vive al día y se buscan pequeñas ilusiones que ayuden a seguir respirando: ¿vino? ¿tabaco? ¿un rato de sexo de pago?

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