¿Comedores sociales “child friendly”?

Por Albert Sales //

La intensidad con que el desempleo y el empobrecimiento se ha cebado con las familias más desfavorecidas extendiendo las situaciones de inseguridad alimentaria. El crecimiento de los hogares sin apenas ingresos ha obligado a organizaciones públicas y privadas a replantearse algunos aspectos de la asistencia alimentaria que venían prestando a personas en situación de pobreza extrema. A un hogar sin ingresos de poco le valen los lotes del Banco de Alimentos sin unos fogones para cocinar, agua y un frigorífico para conservar la comida cocinada o fresca. Y lanzamientos y deshaucios, así como cortes de suministros de agua, gas y electricidad, han multiplicado el número de familias con niños y niñas sin acceso a la infraestructura necesaria para gestionar algo tan esencial como la alimentación diaria.

¿Qué recursos asistenciales ofrecer a una familia con menores para hacer frente a una situación de falta de acceso a la alimentación? ¿Son los comedores sociales lugares “aptos para niños y niñas”? Parece ser que no. Lo tienen claro las personas que gestionan los servicios sociales, las organizaciones asistenciales, los cargos políticos municipales, las propias personas usuarias, y cualquiera que los haya visitado algunos de los muchos centros que ofrecen comida caliente a quienes no tienen acceso a ella a causa de la pobreza. En consecuencia, en la mayor parte de los comedores sociales no vamos a ver familias con niños y niñas almorzando o cenando. Cuando los hogares con menores no pueden acceder a una alimentación adecuada se adoptan otras medidas asistenciales: priorizar ayudas que permitan que los menores coman en la escuela, abrir nuevos comedores más pequeños y agradables, o crear servicios de platos cocinados que pueden llevarse a una vivienda que habitualmente carece de suministros o a una habitación realquilada sin derecho a cocina en la que viven.

Pero, ¿qué hace de los comedores sociales “convencionales” lugares no aptos para el público infantil? Por más evidente que puedan parecer, las múltiples respuestas a esta pregunta deberían invitarnos a reflexionar. Hay, al menos, tres grandes argumentos que motivan a las organizaciones responsables de la asistencia alimentària a crear servicios alternativos para acoger a familias. En primer lugar, los comedores sociales se consideran un recurso extraordinario. Por su impacto sobre la vida cotidiana se considera que deberían reservarse a personas con problemas de autonomía personal. Una persona o familia que acude a diario a un equipamiento social a almorzar y cenar rompe con hábitos cotidianos imprescindibles para mantener su autonomía. Deja de administrar una parte importante de su tiempo, deja de cocinar y gestionar sus compras y su dinero, y deja de decidir qué come, cuando y en qué forma. Por ello, se considera preferible una proporcionar a los hogares recursos económicos para gestionar su cotidianidad con mayor autonomía que enviar a la familia al completo a un comedor. Pero los recortes de las ayudas económicas y la crisis habitacional galopante han provocado tensiones evidentes entre lo preferible y lo posible. En segundo lugar, acudir a un comedor social es estigmatizador. Las personas que, desconocedoras de los circuitos asistenciales, son derivadas por su referente de servicios sociales a un comedor lo saben y lo expresan. Entre el miedo y la vergüenza suelen resistirse a ir a diario a un centro que ellos, igual que su vecindario, siempre han considerado lugar de auxilio a individuos con estilos de vida marginales. En tercer lugar, estos individuos, personas a las que se atribuyen multitud de vicios entre los que destaca el de la vagancia, no se consideran la compañía más apropiada para el público infantil.

comedores-sociales-sevilla--644x362Del mismo modo que no consideramos los comedores sociales aptos para los críos, el día a día de los y las profesionales de los servicios sociales y algunas investigaciones indican que derivar a determinados comedores a personas que hasta hace poco se sentían miembros de una “extensa clase media” puede tener efectos nefastos sobre su proceso de exclusión social. Perder los hábitos cotidianos relacionados con la alimentación, vivir el estigma social de acudir a recursos que se consideran extraordinarios y convivir unas horas con personas con largas trayectorias de exclusión social y marginalidad, no se considera la mejor forma de atender las necesidades de quienes han recibido ya muchos golpes a su autoestima. Si los comedores no son el lugar apropiado para cubrir las necesidades alimentarias de niños y niñas, ni de las personas que hasta hace poco se sentían de clase media, ¿por què los damos por buenos para quien lleva tiempo inmerso en la pobreza? ¿Qué nos hace pensar que las “personas usuarias de siempre” no preferirían poder gestionar su propia cotidianidad? Cabe la posibilidad de que, a pesar de su trayectoria personal sientan el peso del estigma social. Incluso podría ser que compartan nuestros propios prejuicios y tampoco se sientan cómodos con el resto de personas usuarias.

La forma en que tradicionalmente se ha articulado la asistencia alimentaria es un reflejo de la relación que mantiene la sociedad de consumo con las personas que viven en sus márgenes. Durante décadas hemos considerado que la marginalidad y la pobreza en medio de la abundancia eran producto de problemas individuales, convirtiendo a sus víctimas en amenazas para la ética del trabajo. Para la lógica liberal, la asistencia social no debe facilitar mayores comodidades que el más precario de los empleos. Cualquier parecido entre un comedor social y un restaurante es un atentado contra la ética del trabajo y la lógica de los incentivos. Sin embargo, la evidencia empírica indica que un apoyo alimentario de calidad, en un entorno que propicie la interacción y la confianza entre las personas, supone mayores incentivos para salir adelante y ampliar lo márgenes de autonomía personal. Involucrar a las personas atendidas en el diseño y la gestión de los servicios, crear espacios de interacción con la comunidad en los que se rompan la barreras entre donantes y receptores de ayuda y ofrecer capacidad de elección en la forma en cómo se administra la misma, abre perspectivas que, de otro modo, permanecen cerradas cronificando la situación de aislamiento y exclusión.

A sabiendas de que lo deseable no es dar comida a quién necesita un sistema de garantía de rentas, y en un momento de resistencia ante la emergencia habitacional que viven tantos hogares, ¿por qué no poner los servicios creados para evitar que los niños y “las clases medias” vayan a los comedores sociales al servicio de los invisibles de nuestras ciudades?

Bibliografia adicional: 

  • Sales i Campos, Albert & Marco Lafuente, Inés (2015) “Ayuda alimentaria y descalificación social. Impacto de las diferentes formas de distribución de alimentos cocinados sobre la vivencia subjetiva de la pobreza en Barcelona”. Documentación Social, n 174. Primer trimestre 2015. Madrid: Cáritas.
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