¿Comida para “ayudar a los pobres”?

Por Albert Sales // [Enllaç a la versió en català] //

Durante 2014, 320.000 personas recibieron ayuda alimentaria en Cataluña. Una cifra muy alejada de la anécdota, pues constituye casi un 5% de la población total y una cuarta parte de la población estadísticamente considerada en riesgo de pobreza (viviendo en hogares con unos ingresos por debajo del 60% de la mediana). En el recorte y la reordenación de los recursos públicos destinados a atender a las personas en situación de pobreza, las más perjudicadas han sido las capas de población con ingresos más escasos. Así lo evidencia la evolución de la brecha de pobreza (la distancia en porcentaje entre el umbral de riesgo de pobreza y la media de los ingresos de los hogares por debajo de dicho umbral). En Cataluña, la brecha de pobreza ha pasado de un 22,3% en 2007 a un 38,2% en 2012. Un incremento sensiblemente superior a la media europea. Este incremento de las desigualdades en la parte más desfavorecida de la sociedad tiene mucho que ver con la situación de cero ingresos en la que han caído muchas familias que ya llevan largo tiempo en situación de pobreza. Para hacer frente a la desaparición de los escasos recursos monetarios de los que disponían estos hogares se han movilizado recursos en forma de asistencia alimentaria que sustituyen estas pequeñas rentas pero que comportan cambios profundos en la relación que mantiene la sociedad con la pobreza.

Los Estados del Bienestar Europeos delegaron las políticas para garantizar la alimentación a entidades de tercer sector porque sus estructuras estaban pensadas para satisfacer las necesidades de unas amplias clases medias. Se entendía que los hogares beneficiarios de los servicios reparto de alimentos de los Estados del Bienestar difícilmente vivirían situaciones de malnutrición que se vinculaban a formas de marginalidad extrema y estilos de vida sistemáticamente excluidas de cualquier fuente de ingresos. En consecuencia, la alimentación de las personas en situación de pobreza severa se dejó en manos de entidades, a menudo vinculadas a la iglesia, que vehiculaban la caridad de los vecinos y asistían con productos de primera necesidad a las familias más empobrecidas que se acercaban a buscar apoyo. Esta relación de la asistencia social con el acceso a la alimentación se mantiene a pesar de una extensión sin precedentes de la inseguridad alimentaria entre las ciudadanías de las sociedades opulentas.

Ofrecer comida es fácil. Parece que ante una necesidad tan básica como la alimentaría la respuesta evidente es proporcionar alimentos. La ausencia de un diagnóstico serio sobre el estado nutricional de la población y la alarma social que causan los casos de malnutrición infantil detectados por profesionales de la sanidad o del sistema educativo, pueden generar una explosión de buena voluntad difícil de canalizar hacia en acciones que realmente corrijan una situación que, sin lugar a dudas, es dramática e intolerable.

Cuando el Síndic de Greuges publicó el informe sobre la malnutrición infantil en Cataluña, la discusión política transitó entre la negación de los resultados y la redefinición de la terminología. El gobierno catalán intentó transmitir a la ciudadanía que no había motivos de alarma social porque los casos de malnutrición estaban vinculados a problemáticas más complejas que no se podían atribuir “sólo” a la pobreza económica de las familias. Se asumía que en nuestra sociedad, no basta con vivir en la pobreza por no poder alimentar a los hijos, es necesario que haya problemas personales asociados para dejar a las propias criaturas sin acceso a una alimentación adecuada. Una vez más, la incomprensión de los procesos de empobrecimiento y la relación entre pobreza y formas de exclusión social ofrecía el terreno perfecto para la culpabilización de la víctima. Según la visión de las instituciones catalanas, por qué pasan hambre los niños? Salvo en los casos de trastornos médicos, la mala nutrición se atribuye a déficits en la crianza y en la irresponsabilidad de padres y madres: la falta de educación y el desconocimiento de los hábitos alimentarios saludables, la incapacidad de “hacer comida sana” a los niños, la dejadez en las tareas de cuidado…

086218b2ac4369b7cefd2acbee0be8b1_XLEnfocar el debate en la alimentación tiene dos grandes peligros. En primer lugar, simplifica la realidad en exceso, facilitando juicios de valor que criminalizan las personas en situación de pobreza y las incapacitan para ser actores políticos y protagonistas de su propio proceso de lucha por los derechos sociales. Se asume que los déficits alimentarios son culpa de madres y padres de familia irresponsables con un sistema de valores y unas prioridades inaceptables que deben ser sometidos al escrutinio de los trabajadores sociales antes de recibir cualquier ayuda. Se convierten en sospechosos de derroche de recursos públicos, de utilizar las ayudas para mantener pautas de consumo banales y se utilizan ejemplos puntuales para crear categorías de análisis no fundamentadas en un conocimiento sistemático de la realidad. Para alguien que vive el impacto de la crisis y del empobrecimiento es muy fácil dejarse llevar por juicios de valor rápidos: “si yo que me he quedado sin trabajo lo consigo, esta familia también puede”, ” yo he recortado gastos superfluos, pero ellos se han comprado un televisor y luego van a recoger la bolsa de alimentos en la parroquia”, “nosotros no hemos ido de vacaciones, pero el vecino recibe ayudas y ahora lleva un móvil nuevo”. Juicios que se convierten aún más peligrosos cuando los estereotipos clasistas añaden los racistas o etnicistas. Los ejemplos y los contraejemplos que permitan reforzar estas imágenes siempre existirán, pero serán más peligrosos en la medida en que la ayuda sea arbitraria y cambie el discurso de los derechos sociales por el de la buena voluntad.

En segundo lugar, promueve la aparición de iniciativas espontáneas de beneficencia que se dedican a repartir alimentos en especies desconociendo el impacto de su actividad. Hemos visto cómo la crisis que vivimos ha hecho proliferar este tipo de iniciativas en todo el territorio catalán y, en especial, en el área metropolitana de Barcelona. ¿Qué pasa cuando alguien rechaza aquellos alimentos que no se ajustan a sus expectativas? ¿Cuál es la conclusión de las personas que voluntariamente dedican horas de su tiempo a esta actividad cuando perciben que su gesto no es valorado como sería de esperar? El contacto del voluntariado con las personas asistidas puede romper muchos tópicos y barreras psicológicas pero también puede crear otros muy sólidos, pues están basados ​​en la interpretación de experiencias personales. Desde el punto de vista personal, es muy fácil reforzar ideas preconcebidas a partir de una intervención social directa y no planificada. A menudo, la crítica principal al reparto de comidas cocinadas se basa en la salubridad y las medidas de seguridad sanitaria aplicables las viandas transportadas y distribuidas. Pero, aunque los sistemas diseñados cumplieran con todos los requisitos sanitarios y burocráticos para servir comida cocinada, hay una serie de impactos no considerados que seguirían están presentes en la mayoría de iniciativas de caridad ciudadana.

La causa principal de que niños y adultos accedan a una alimentación adecuada es, definitivamente, el proceso de empobrecimiento económico que sufren las familias catalanas. La malnutrición, en nuestra sociedad, es la manifestación biológica de una acumulación de problemas sociales. ¿Cómo afecta a las tareas de cuidado la tensión que genera un desahucio o un lanzamiento de la vivienda? ¿Cómo se enfrenta un padre o una madre en una cena “educativo” después de todo un día de trabajo mal pagado, sin asegurar, sin continuidad, con enfrentamientos constantes con los empleadores o sufriendo abusos y vejaciones? ¿Cómo de fácil es negarle a un niño una bolsa de comida prefabricada declaradamente poco nutritiva y aguantar la pataleta cuando el día a día está lleno de situaciones extremas? ¿Cómo se puede juzgar a una persona que sabe que nunca podrá ahorrar ni tener ningún proyecto vital a corto plazo se gaste el dinero que acaba de recoger en un capricho que nos parece absurdo? La crisis es la excusa para abandonar a las familias más empobrecidas a su suerte con la complicidad de una sociedad convencida de que si hay que recortar los presupuestos, mejor reducir las ayudas a unos “pobres” estereotipados, vagos y aprovechados, que a unas ficticias “clases medias” caídas en desgracia.

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