Las tres primeras noches en la calle

// Por Albert Sales // Versión en catalàn aquí //

Llevo algunos años conociendo personas que duermen en las calles de Barcelona. Personas que quedan excluidas de los recursos asistenciales o de los centros de acogida por razones muy diversas. A menudo han acumulado tantos fracasos y recaídas en sus intentos de “salir de la calle” que huyen de nuevas experiencias frustrantes. Y es que no es fácil rehacer la vida cuando sólo puedes aspirar a trabajos extremadamente precarios o a unas ayudas públicas que te dejan muy por debajo del umbral de pobreza. No es nada fácil encontrar fuerzas para salir adelante cuando tomas conciencia de que lo más parecido a un hogar a lo que puedes aspirar es una habitación realquilada. No basta con un techo y unos ingresos ínfimos para reconstruir todo lo que se te rompe tras la sacudida que supone quedarse sin nada y casi sin nadie. Una vez fuera de la situación de sin techo, el estancamiento en situaciones de precariedad y de tensión constante por la supervivencia provoca muchas recaídas. Por depresión, por desánimo, para perder temporalmente los ingresos sin haber podido ahorrar…

15424133269_cc886b8068_zTambién he conocido personas que dormían en la calle circunstancialmente. En el período de tiempo entre la finalización de su estancia en un Centro de Primera Acogida y la búsqueda de otro recurso asistencial. Sí, estas cosas pasan. Alojarse en un albergue no es tan fácil como llamar a la puerta y conseguir una cama. No es cierto el tópico. Hay listas de espera y colas que convierten los desplazamientos hasta los centros en viajes estériles y frustrantes.

En un primer contacto, no es extraño que las personas que llevan un tiempo en la calle afirmen que no están mal y que hagan bromas sobre su situación. En general, a medida que avanza la conversación y se genera un clima de confianza, se repiten frases como “la vida en la calle es durísima”, “vivir así es una mierda”, “esto no es vivir” … Un hombre me dijo una vez que él no estaba viviendo, sino esperando la muerte.

Es posible que estar acostumbrado a encontrarme con esta coraza inicial, construida alrededor del humor y de alabanzas más o menos forzadas a la libertad, haya provocado que el caso de José (al que he cambiado el nombre para mantener su intimidad) me haya impactado tanto. Anoche, José llevaba tres noches en la calle y hoy, probablemente, seguirá durmiendo al raso. No es la víctima de ningún desahucio reciente. Está en la calle como resultado de un largo proceso de exclusión social: trabajó y cotizó durante más de 25 años pero se quedó sin trabajo; unos dos años después se acabó la prestación por desempleo; ahora hará una semana dejó de cobrar los 426 euros de la RAI (Renta Activa de Inserción). Mientras le entraba algún dinero estuvo viviendo con su sobrina en un municipio cercano a Barcelona, ​​pero al quedarse sin ingresos decidió dejar de ser una carga y se marchó a “buscarse la vida” en la gran ciudad. Está dispuesto a vivir de la caridad institucionalizada hasta encontrar un trabajo. Cualquier trabajo.

La prioridad de José es encontrar un lugar para dormir. Dice que comer, ahora mismo, es lo de menos. Va malcomiendo con lo que le dan y lleva tres días preguntando donde puede acudir para que le acojan para dormir. Otras personas en situaciones similares le orientan muy bien a la hora de conseguir comida pero no para encontrar una cama y un techo. En el rato que estuvimos hablando, José no dijo en ningún momento aquello de “en la calle no está tan mal”. Hacía de tripas corazón pero estaba hundido. En varios momentos los ojos no podían contener las lágrimas. Quizá si las cosas van mal en las próximas semanas y el tiempo en la calle se alarga, José empieza a quitar importancia a su situación. Al menos de cara hacia fuera.

No puedo evitar pensar en vivencias que pueden acabar de hundir el ánimo del José y que pueden alargar su paso por la situación de sin techo. Deseo que a ningún energúmeno borracho le dé por patearle o echarle cerveza por encima por la madrugada, como le ocurrió hace poco a Pedro mientras dormía en un cajero del Eixample. Espero que no le roben el poco dinero que lleva encima, como le pasó a María la primera noche que durmió en la calle. Deseo con todas mis fuerzas que no le rompan ni le quiten el teléfono móvil en el que espera recibir la llamada de alguna de las empresas en las que ha dejado su currículo. Porque necesita que nadie lo haga sentir todavía más insignificante y que nadie le robe la poca seguridad en sí mismo que le queda.

Me despedí de José haciéndole una lista de recursos de pernocta, de alimentación y de higiene a los que podría acceder directamente sin pasar por ningún centro de servicios sociales. Le insistí en que se dirigiera al Servicio de Inserción Social del Ayuntamiento para que le ayudaran a tramitar el empadronamiento sin domicilio fijo y a conseguir un seguimiento social que le diera acceso a servicios más estables. Y lo dejé sentado en una plaza con su mochila al lado y una sonrisa agridulce en los labios.

Ayer se presentó en Barcelona el informe del observatorio HATENTO sobre delitos de odio contra las personas sin techo.

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