Los “Manteros”, el pequeño comercio y la guerra por el espacio público

// por Albert Sales // versión en catalán aquí //

El “pequeño comercio” de capital familiar ya hace décadas que sufre serios problemas para subsistir. Con la globalización, la venta al por menor de los productos de consumo ha sufrido transformaciones tan profundas como la propia producción. La distribución alimentaria se ha ido concentrando en un pequeño número de cadenas de supermercados, la ropa se compra mayoritariamente en los establecimientos de grandes marcas internacionales, la electrónica la vamos a buscar en superficies especializadas situadas en centros comerciales, los muebles … los artículos deportivos … Prescindir del pequeño comercio es cada vez más fácil. De hecho, en algunos sectores, lo que resulta complicado es esquivar los establecimientos de grandes corporaciones. Existe abundante evidencia empírica del impacto de las grandes superficies comerciales en el comercio de capital local. En algunas zonas de EEUU se habla del efecto Walmart consistente la destrucción del pequeño comercio para la competencia de esta gran cadena combinada con la progresiva desaparición de los negocios y profesionales como carpinteros, vidrieros o asesores fiscales, que trabajaban para los negocios familiares y que ahora no tienen clientela. En 2009, Friends of the Earth calculaba que cada supermercado que se abría en el Reino Unido provocaba el cierre directo de once pequeños negocios. Asumida la dura realidad del comercio familiar, escuelas de negocios y responsables políticos de promoción económica hablan de “reconversiones” del sector, de la necesidad de especialización, de buscar proximidad con la clientela a través de las redes sociales virtuales, de convertir la compra en una experiencia de ocio…

16012160980_d548ab0aad_kEste consenso no impide que los problemas del pequeño comercio se utilicen como arma mediática para cargar contra los vendedores callejeros y justificar la persecución policial en la que se somete a los que popularmente se conoce como “manteros”. En municipios pequeños o en zonas en que la actividad comercial tradicional mantiene una presencia significativa, esta modalidad de venta ambulante puede tener un cierto impacto sobre las economías familiares que viven de las tiendas (a pesar de no ser comparable con el de la apertura de un centro comercial). En el centro de una ciudad como Barcelona, ​​en cambio, contraponer los intereses de aquellos que luchan por la supervivencia con los de un pequeño comercio en crisis permanente es un espejismo que esconde una guerra despiadada por el espacio público. La apropiación de este espacio por parte de los intereses privados ha convertido las zonas más atractivas de las grandes ciudades en centros comerciales al aire libre en los que sobran los individuos sin capacidad de consumo.

Los discursos del miedo al desorden ya la delincuencia fundamentan políticas higienistas que tienen como objetivo mantener el espacio público libre de lo que se consideran “usuarios inapropiados”. Los “manteros”, como las personas sin techo o las prostitutas que ejercen en la calle, forman parte de esta categoría de ocupantes molestos, y se convierten en un problema cuando se introducen en el espacio público más disputado o cuando las zonas en las que se mueven adquieren algún interés especial para los inversores. Al igual que sucede con la prostitución, cuando la venta ambulante clandestina se lleva a cabo en espacios marginales alejados del disputado espacio urbano primario, la problemática queda relegada al campo de la propiedad industrial. El debate sobre las condiciones de precariedad en las cadenas de producción de estos artículos (sean falsificaciones u originales) y sobre el impacto económico de la distribución clandestina no es menor, pero sin lugar a dudas, suscita mucho menos interés. Y si el tema deja de ocupar titulares no es sólo para que pierda visibilidad ante la ciudadanía. En la batalla por los usos y por el control del espacio público hay muchos más intereses en juego que en los movimientos clandestinos de productos de consumo.

Si pasar todo el día huyendo de la Guardia Urbana, escrutando cada posible cliente con el miedo de que se trate de un policía de paisano, arriesgando toda la mercancía y la recaudación del día a cada momento, estuviera bien remunerado y ofreciera oportunidades, seguro que las ciudades estarían llenas de blancos carreteando fardos. La venta ambulante clandestina es el fruto de la marginalidad en la que se ven sometidas las personas que se pasan la vida luchando contra las fronteras. Las que han tenido que superar para llegar aquí y aquellas con las que chocan constantemente para acceder al mercado laboral, para disfrutar de atención sanitaria, para moverse con libertad por el espacio público sin miedo a identificaciones racistas o terminar en un CIE… Cuando el sistema de relaciones sociales y económicas formal, aceptado y legal, está selectivamente blindado, las personas que quedan excluidas siempre encuentran alternativas. Convertir un problema social de primer orden, con todas sus aristas, en la contraposición de intereses económicos, es una peligrosa demagogia.

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