¿El problema son las mafias?

// por Albert Sales //

“Ya se sabe. Ellos no tienen la culpa. El problema son las mafias”. Y así con las personas que piden limosna, los manteros, los lateros, las prostitutas… y tantos y tantas que luchan por sobrevivir en las calles de las ciudades. Esas mafias, invisibles y casi diabólicas que manipulan, explotan y se lucran de la desesperación ajena. Esas mafias que refuerzan la idea de que tras las estrategias de supervivencia de “los pobres” siempre acabamos encontrando delitos y maldades.

cartelletEsta mañana leía en un cartel colgado en una concurrida esquina de mi barrio “no doneu diners als pidolaires, són màfies” (no dar dinero a los mendigos, son mafias). Lo cierto es que en la zona del cartel se han ido instalando en los últimos tres años personas que piden caridad de forma más o menos estable. Desconozco quién ha llegado a la conclusión de que pertenecen a organizaciones mafiosas o de que su recaudación alimenta maquinarias delictivas pero me atrevería a afirmar que se trata de una afirmación hecha, cuanto menos, a la ligera. En un ràdio de 500 metros desde el cartelito encontramos pidiendo unas monedas a seis personas. Algunas se sientan cada día en el mismo lugar, otras aparecen a temporadas. Sus historias personales – que no pasaré a detallar porque son fáciles de identificar para los vecinos del barrio y atentaría contra su privacidad -, están marcadas por proyectos migratorios durísimos, por empleos en los que han sido víctimas de la explotación más salvaje y, en cuatro de los casos, por enfermedades que les han impedido seguir trabajando a cambio de unos centenares de euros. La mayor parte de su recaudación diaria sirve para pagar el techo que les cobija: habitaciones realquiladas en infraviviendas no muy lejanas al barrio. Comen gracias a la pequeña red de apoyo que se han labrado entre vecinos y vecinas. Su perspectiva de futuro: la supervivencia diaria.

Puede que quien ha colgado el cartel que pretende dejar sin sustento a las personas más golpeadas por la pobreza haya tenido experiencias personales desagradables con el crimen organizado. Circulan no pocas historias sobre “mafias rumanas” que se lucran de la mendicidad repartiendo en furgonetas miembros de sus familias disfrazados con harapos por toda la ciudad para recogerlos por la noche. Las versiones más “buenistas” de estas historias afirman que los pedigüeños son obligados a desempeñar esta humillante actividad y que si no consiguen la recaudación estipulada por sus jefes reciben duras palizas. Otras versiones incluyen a las que piden en la trama delictiva y el disfrute de los beneficios. Seguro que la persona que se ha molestado en imprimir y colgar el cartel tiene constancia de la existencia de estas mafias en primera persona y por ello cree que es su deber informar a los buenos pero estúpidos vecinos y vecinas que con su moneda y, a menudo con su sonrisa, ayudan a que la vida de estas seis personas se un pelín menos insoportable.

Quizá el loable objetivo de acabar con las “mafias rumanas” lo merece, pero atendiendo a la realidad de la ciudad de Barcelona, se me antoja una medida un tanto desproporcionada. Como desproporcionado me parece utilizar la palabra mafia para denominar a las formas organizativas de un número muy reducido de personas de origen rumano que piden limosna en las calles de la ciudad. Es cierto, hay un par de familias extensas que se reparten por el territorio para pedir. Obtienen ingresos de la mendicidad y de la chatarra mientras duermen en la calle o en edificios abandonados. La mayor parte del dinero que consiguen lo envían a su país para garantizar la subsistencia de ancianos y niños y para alimentar algún tipo de dispositivo de ahorro como la construcción de una casa. Evitan pagar un alquiler para rentabilizar al màximo su estancia y viven en pésimas condiciones de salubridad. Lejos de la imagen que evoca la palabra mafia, estos grupos familiares no utilizan a sus miembros más débiles para que unos cuantos vivan a cuerpo de rey. Quien espere ver a mujeres y niños harapientos saliendo de limusinas tendrá que buscarse otra película.

¿Quién decide cuando una actividad se puede considerar mafiosa? La mercantilización de los medios de información y la necesidad constante de llamar la atención adultera las palabras y las convierte en zombis vacíos de contenido que devoran cualquier reflexión. Señalan Bauman y Donskis en Ceguera moral que en los titulares de prensa, como en los muros de facebook o en los twitts, la lucha contra la sensación de insignificancia frente al alud de información que nos envuelve, ha provocado la proliferación de apartheids, holocaustos, genocidios… Una utilización gratuita de conceptos que antaño estaban cargados de significado moral para llamar la atención de un mundo social insensibilizado ante tanta frase lapidaria y tanta verdad absoluta concentrada en 140 caracteres. Me temo que la palabra mafia puede sumarse a la lista de vocablos atractivos para formar parte de titulares llamativos.

El resultado: todo opinólogo con cierta sensibilidad humana aceptará que la lucha por la supervivencia no es crimen organizado, pero tras esta concesión apelará a las fuerzas del orden para acabar con las “mafias que hay detrás”. Y con la referencia a estas terribles mafias se descargará de responsabilidad moral justificando la negación del derecho a la subsistencia a los invisibles de nuestras ciudades.

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Una respuesta a “¿El problema son las mafias?

  1. Muy bueno.
    También culpan a las mafias de que lleguen inmigrantes sirios o libios.
    Lo malo es que hay gente que les cree

    Me gusta

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