“Pobre pero decente”: la pobreza y el estigma de puta (2a parte)

// por Albert Sales //

Ana iba a empezar enfermería cuando su madre se quedó sin empleo. No llegó a pisar la universidad. La matrícula podía cubrirse con la beca concedida ya antes de que su madre perdiera su empleo en una empresa de limpieza. Aunque tenían ingresos, la situación económica de la familia de dos hijas era muy precaria desde que 8 años atrás muriera su padre. El salario de su madre no alcanzaba más que para el alquiler del piso, los suministros básicos y una parte de la comida. No había margen para imprevistos y hacía años que los servicios sociales de su ciudad de las afueras de Barcelona les habían derivado a recoger periódicamente su lote del Banco de Alimentos y ropa de abrigo al inicio de cada temporada de frío.

A pesar de todo, la madre de Ana, de 59 años, se sentía capaz de sostener la situación para que su hija fuera a la universidad hasta que perdió el empleo. Con el dinero que se sacaba de limpiar casas no había suficiente ni para vivir y Ana tendría que trabajar tantas horas como fuera posible para que la familia no perdiera la vivienda y para garantizar el bienestar de su hermana menor.

Y así lo hizo. Primero ayudando a su madre a limpiar casas sin contrato ni seguridad social. Después de camarera en un bar durante la temporada, cubriendo un permiso de maternidad en una gran superficie,  de canguro por las mañanas, de monitora de comedor en una escuela… Fue encadenando trabajos a tiempo parcial, temporales y  mal pagados durante dos años.

Más de cuatro años después, Ana ha superado varias asignaturas de primero de enfermería y se ha matriculado en algunas de segundo curso, vive en un piso en Barcelona, cerca de su facultad, y envía cada mes dinero a su madre para pagar el alquiler y los gastos de su hermana pequeña que ya está en bachillerato. Afirma que no le alcanza para lujos ni para los viajes que algunas compañeras de la universidad disfrutan en verano, pero ha conseguido abrir oportunidades de futuro para ella y para su hermana a través de la prostitución. Tiene una habitación alquilada para trabajar casi todas las tardes proporcionando servicios sexuales a los clientes que contactan con ella tras leer su anuncio en un portal especializado de Internet.

Cuando empezó a disponer de dinero le explicó a su madre que la habían contratado de secretaria en un despacho de abogados. A Ana le aterra que su familia descubra la fuente de sus ingresos. Está convencida de que tendría consecuencias fatales en la relación con su madre y, lo peor de todo, de que dejaría de aceptar su dinero: “Mi madre diría que siempre ha ganado dinero de forma decente, pero yo no podía seguir de trabajo decente en trabajo decente sobreviviendo de la comida de la parroquia”. “Este trabajo no es fácil… No es dinero fácil. Quizás más rápido que limpiando pero no fácil” dice Ana con tono de enfado. Y sin duda entraña riesgos. Admite que le duele tener que esconderse y mentir a su familia, que tiene consecuencias sobre su vida social y sobre sus posibilidades de encontrar pareja, que no puede permitirse enfermar, que es una actividad con fecha de caducidad… La doble vida le pesa especialmente. Teme que cualquier día un error descubra a su familia o a algún amigo a qué dedica casi todas las tardes. Solamente a tres personas les ha confiado el secreto y una de ellas le dijo que no tenía necesidad de prostituirse si desde que se puso a trabajar jamás le había faltado un empleo. “¿Qué es la necesidad?” se pregunta Ana recordando la conversación con su amiga, “¿sólo puedo tomar esta opción si estoy muriendo de hambre? ¿Cuantas miserias hay que aguantar para que ser puta sea decente?”IMG-20160831-WA0004

 

 

 

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