De cómo la pobreza se convirtió en un problema social

Por Albert Sales //

La pobreza no siempre ha sido un problema. Pocas sociedades humanas se han impuesto el reto de acabar con la pobreza de todos sus miembros. Las personas en situación de pobreza por su parte tampoco han constituido un problema digno de consideración. Cuando la escasez material es un fenómeno generalizado, la pobreza se convierte en un aspecto definitorio de la sociedad, un componente más del paisaje que se asimila como natural. Lo que Serge Paugam denomina “pobreza integrada” constituía la norma entre los estamentos más desfavorecidos de la sociedad feudal del mismo modo que constituye la norma entre las poblaciones de los países víctimas del expolio colonial. Grandes mayorías sociales para las que los objetivos de las instituciones internacionales son pura palabrería desarrollista. Pero no es solo la gran prevalencia de la pobreza lo que normaliza su existencia. Para las sociedades pre-industriales europeas, “los pobres” cumplían una función social que se desprendía de la justificación teocrática de la estratificación social feudal. La caridad ofrecía a los ricos la oportunidad de mostrar su piedad y de purificar su alma para garantizarse una parcela en el Paraíso.

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Wenceslas Hollar – “Seven beggars”

Es la modernidad la que convierte la pobreza en un fenómeno social al que hay que combatir. Y entre la lucha contra la pobreza y la lucha contra “los pobres” el capitalismo europeo configura una nueva construcción social de la marginalidad y de la pobreza. El pensamiento ilustrado y la descomposición del Antiguo Régimen rompen con los mecanismos de aceptación de las desigualdades sociales y de las situaciones de pobreza propios del sistema feudal. Si en la modernidad, la pobreza ya no se acepta como una decisión Divina, las razones para aceptarla con humildad y gratitud se desvanecen. Nace el riesgo a las revueltas de las multitudes marginadas de los beneficios del progreso. Si los pobres no aceptan su destino, pasan a ser un problema social pero, al mismo tiempo, si lo aceptan mansamente, como decisión de la Providencia suponen una amenaza para la construcción de la sociedad moderna capitalista. Si no ambicionan la abundancia de las clases más acomodadas, si no consideran denigrante vivir de la caridad y si no buscan una vida mejor antes de la muerte, son inmunes a las tentaciones del trabajo industrial y capaces de rehusar vender su mano de obra a un patrón para salir de la indigencia.

La ética del trabajo, predicada desde púlpitos y panfletos durante los siglos XVIII y XIX, fue una excelente herramienta para solucionar el problema de las multitudes en la miseria. Convirtiendo el trabajo en un acto de valor moral en sí mismo se pretendía acelerar el reclutamiento de una mano de obra imprescindible pero no tan abundante como a los industriales de la época hubiera gustado. Si bien es cierto que privando a los pobres de cualquier forma de sustento diferente al salario se formulaba una persuasiva invitación a aceptar el trabajo industrial, la ética del trabajo era indispensable para hacer más asumible el duro destino de obrero industrial. Convirtiendo el trabajo asalariado en norma, se relegaba a los también a los desempleados a una situación de anormalidad moral que los situaba en los márgenes de la sociedad.

La modernidad y la industrialización cambiaron radicalmente la función social de la pobreza y de la asistencia a sus víctimas. El reclutamiento de obreros requería que las condiciones de vida de los desempleados fueran suficientemente indeseables como para hacer atractivo el trabajo en las fábricas. La existencia de una masa cuantitativamente relevante de desocupados pobres destruía la capacidad de negociación del proletariado industrial y situaba a las familias desposeídas en una fácil disyuntiva: un trabajo en condiciones de explotación o la más absoluta miseria. El “ejercito de reserva del proletariado” permitía a los patrones amenazar con una fácil sustitución del obrero revoltoso o díscolo. La opinión ilustrada de la época coincidía en la necesidad de mantener unos salarios bajos y unas jornadas laborales extensas eran medidas indispensables para garantizar la paz social necesaria para el desarrollo industrial. Para ilustrados liberales, masas de obreros con las necesidad vitales satisfechas y tiempo libre podían ser fácilmente seducidos por el ocio y los disturbios.

Mantener los salarios bajos y a las familias obreras en una situación de permanente precariedad material, a la vez que se imponían duras jornadas y condiciones de trabajo, obligaba a que la alternativa al empleo industrial fuera tan desagradable que no pudiera ser contemplada por ningún “hombre de bien”. Convertir el desempleo en una alternativa despreciable requería un férreo control social y un sistema de incentivos materiales que impulsara a todo individuo en condiciones de trabajar a buscar activamente un empleo en la industria. El control social vino de la mano de la ética del trabajo y del inicio de la construcción de una sociedad articulada alrededor del trabajo asalariado. El empleo se convertía en fuente de identidad y de subjetividad social y las tareas vinculadas a los cuidados o al mantenimiento de los vínculos comunitarios eran radicalmente desvalorizadas. Al tiempo, los hombres con capacidad física para el trabajo industrial pero sin empleo pasaban a ser sospechosos permanentes de vagancia y parasitismo social. La reestructuración de los incentivos materiales se centro en una profunda reforma de la asistencia que calo también en las instituciones religiosas. La mejor de las situaciones de una persona asistida por la caridad no podía ser equiparable a la de la más empobrecida de las familias obreras. Teniendo en cuenta la pobreza material en la que vivían la familias obreras, cabe esperar que las condiciones que se ofrecían a las y los beneficiarios de la caridad eran paupérrimas.

La culminación de esta lógica fueron las casas de trabajo (workhouses) que proliferaron primero en la Inglaterra victoriana y, posteriormente, en Alemania, Holanda o Rusia. Se trataba de establecimientos de reclusión en los que se encerraba a los indigentes para que trabajaran a cambio de techo y comida. Las autoridades municipales de las grandes ciudades llevaban a cabo redadas periódicas tras las que se internaba a mendigos y prostitutas en las casas de trabajo subcontratadas por grandes industriales del textil o de la metalurgia.

El sentido común liberal, grabado a sangre y fuego en el ADN de las sociedades modernas, sigue siendo el marco en el que se desarrollan las actitudes, los sentimientos y las políticas en torno a la pobreza.

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Una respuesta a “De cómo la pobreza se convirtió en un problema social

  1. Gràcies Albert, sens dubte una visió retrospectiva històrica definitòria d’alló que al final a puntes, lamentablement encara dura… Una mirada retrospectiva argumentando la continuidad del sentido común liberal, grabado a sangre y fuego en el ADN de las sociedades modernas, sigue siendo el marco en el que se desarrollan las actitudes, los sentimientos y las políticas en torno a la pobreza.
    Salutacions
    Juanjo Salbia

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