Aporofobia, vejaciones y distancia moral

// Por Albert Sales // 

En los últimos días las redes y los medios de masas se han hecho eco de los vídeos de aficionados de diferentes clubs deportivos que, en medio de su particular fiesta como afición visitante, humillaban de formas repugnantes a personas que pedían caridad. Las imágenes de aficionados holandeses que en la Plaza Mayor de Madrid tiraban monedas a varias mujeres gitanas, de un seguidor del Sparta de Praga orinando sobre una mujer en Roma, y de seguidores del Arsenal mofándose de un hombre en Barcelona, pueden inscribirse en el marco de comportamientos gregarios regados con abundante alcohol, pero no por ello dejan de ser graves agresiones contra la dignidad de las personas y una muestra de una cultura de la aporofobia gestada en el individualismo y la culpabilización de las víctimas de la pobreza.

La distancia moral que toman las personas capaces de convertir en una diversión la mofa y la humillación de las víctimas de la pobreza es posible desde la construcción de un estereotipo de “pobre” culpable de su propia situación. El desprecio nace de la convicción profunda de que la persona que vive de la caridad forma parte de una categoría humana (o no humana) ajena a la propia. A pesar de que la crisis ha evidenciado que la vulnerabilidad social y el riesgo de pobreza están más extendidos de lo que las autodenominadas clases medias pensaban, la pobreza sigue siendo un estigma, un signo de fracaso económico, personal y moral.

El empobrecimiento de quiénes han vivido las peores consecuencias de la destrucción de empleo y de los recortes en protección social se vive con vergüenza y de puertas adentro, en los hogares, excepto en lo casos en que la acción colectiva permite la rehivindicación de la dignidad. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca, las Asambleas de Personas Desocupadas, la Alianza contra la Pobreza Energética… y tantas otras iniciativas permiten tomar conciencia de que la pobreza tiene causas estructurales, de que existe un empobrecimiento por desposesión, por explotación, por el fallo sistémico de unos mercados que dejan a miles de familias en la cuneta… Pero pesar de la proyección pública y mediática de estos movimientos, la mayor parte de estas familias gestionan su día a día y su supervivencia individualmente, enfrentándose a la violencia material de la escasez y a la violencia simbólica del estigma.

En los márgenes, la movilización todavía es más difícil, y la toma de conciencia de ser víctima de algo más que del propio fracaso personal no entra dentro de las consideraciones cotidianas. Las personas sin techo, las que pasan día y noche en la calle, pidiendo caridad o, simplemente, subsistiendo, acumulan multitud de vejaciones y agresiones que pasan inadvertidas. Demasiado a menudo porque ellas mismas las han normalizado. Pequeñas agresiones, robos, insultos… ser regados por las bebidas de jóvenes que vuelven ebrios de fiesta… son expresiones de violencia que se suman a la violencia estructural y simbólica que supone formar parte del mobiliario urbano.

La consideración de que la pobreza extrema se debe a problemas individuales, a patologías sociales que deben ser tratadas o disciplinadas, se encuentra en la base de la aporofobia, de la humillaciones públicas y de las agresiones gratuitas y frecuentes que reciben las personas que subsisten en y de la calle.

Más:

CALLES PELIGROSAS Y PERSONAS SIN TECHO

Observatorio HATENTO

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